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¿Romántica, erótica, acción, intriga?

 
Lo tiene todo. Os pongo un fragmento del primer capítulo para que vayáis haciendo boca, mejor dicho, ojos.

En la página de“citas” de la novela, he subido un poema de Marcos Nieto Pallares que bien vendría a sintetizar, solo en parte, una emoción, pero que no supone el contenido de la novela, ni mucho menos, aunque podría delatar un estado. Sin embargo, la novela tiene muuucho más:

Como un perro ladrándole al cielo.

Un loco acariciando su cordura,

una bala directa a un anhelo,

un canto a la nada entonado sin

alma,

un beso sin ganas,

una promesa perdida mientras se

juraba,

una caricia marchita por el tiempo,

un susurro clamado a los cuatro

vientos…

Como si tú fueras eterno y yo,

solo un momento

 

Capítulo primero

10 de junio de 1965. 8 de la mañana. Roma, Italia.

Abrió los ojos, y en la penumbra producida por las luces de neón de la trattoría de enfrente de su casa, al filtrarse por los laterales de la pesada cortina de la ventana, observó el reloj de la mesita de noche. No había hecho falta que sonase para indicarle que era hora de levantarse de la cama para ir al trabajo. Le venía ocurriendo así, casi todos los días.

Un día más se sucedía a una noche de insomnio, y un día más se levantaba rota y con el cuerpo dolorido. A duras penas, se puso el batín y fue al cuarto de baño, se cepilló los dientes, se lavó la cara y se peinó. Hacía tiempo que no se maquillaba, pero tampoco le apetecía.

Regresó a la habitación, se vistió despacio, cansada; se puso las medias y los zapatos de tacón, tomó su bolso de calle y fue hacia la puerta del apartamento para salir de casa.

Al llegar al portal de su casa, observó el cielo encapotado, amenazante de lluvia, y se paró un instante mientras meditaba sobre el tiempo.

—Vaya un tiempo asqueroso –dijo para sus adentros.

Lo pensó mejor y regresó sobre sus pasos, ascendiendo hasta su casa en la tercera planta del edificio. Cogió su impermeable, un pequeño paraguas, y bajó de nuevo al portal para salir a la empedrada calle con la intención de encaminarse al despacho de su padre, como todos los días.

El suyo era un edificio normal, antiguo, reformado interiormente, pero conservando el sabor de su fachada y el acceso a las viviendas, pero el esfuerzo de subir a pie tres pisos, sumado al cansancio acumulado por largas noches en vela, hizo que el corazón le latiese deprisa, martillando sus sienes, y se llevó la mano derecha al lateral de su cabeza; cerró los ojos, respiró hondo, y un instante después salió a la calle.

Aquella también era una calle sin importancia dentro del conglomerado de calles estrechas, cortas en su mayoría, empedrada, que normalmente daban a la entrada de una de las más de novecientas iglesias de la ciudad de Roma.

Una calle que habría pasado desapercibida, de no ser por la gran cantidad de fieles, que acudían a diario para escuchar misa en la Iglesia de Santa Bárbara dei Librari.

Todavía no había comenzado a llover, por lo que mantuvo plegado su paraguas mientras cruzaba la calle para entrar en la trattoría situada frente al portal de su casa, donde muchos días paraba a desayunar, o cenar algo de la suculenta comida casera que hacían, mientras el aroma a café recién molido, intenso y oscuro, amargo y dulce a la vez, excitante o relajante según la hora de tomarlo y con quién, y esa mañana parecía hacerle más falta que nunca.

—Buenos días, señorita Giulia –la saludó uno de los camareros al verla entrar–. ¿Lo de siempre?

—Sí, Ángelo. Un gran capuchino, pero muy cargado de café. Y si tienes cafiaspirina, me das una, por favor –dijo, sentándose a una de las mesas, junto a la cristalera que daba a la calle, apoyando los brazos en la misma mientras se sujetaba la cabeza con las dos manos

—Tiene usted mala cara esta mañana.

—Debe ser porque no duermo lo suficiente. Bueno, no lo hago desde hace casi un mes –respondió en voz alta a un pensamiento, sin dase cuenta que se lo había dicho al camarero.

—¿El abogado Fabio? –preguntó, lleno de curiosidad.

—¿Por qué lo dice? –inquirió, mirándole y alzando las cejas, sorprendida por la pregunta.

—Porque hace mucho tiempo que ya no viene por aquí, y tampoco le veo.

El interés del camarero la desconcertó.

—Asuntos de trabajo, Ángelo –respondió, mientras su rostro se ensombrecía. Levantó la vista al techo, parpadeó varias veces seguidas para impedir que aflorasen las lágrimas a sus ojos y volvió la vista hacia la calle–. «Mierda, ¿tanto se me nota?» –se preguntó a sí misma.

—Ahora le traigo el capuchino y miraré a ver si hay cafiaspirinas –dijo, en un intento de disculpa.

—Gracias, Ángelo –respondió, acusando la desmoralización que arrastraba desde hacía algunos meses. Miró por la ventana que daba a la calle y observó que había comenzado a llover–. «Vaya un contratiempo» –se dijo.

Momentos después, mientras daba vueltas a sus pensamientos, llegó el camarero.

—Aquí tiene su capuchino con mucho café. He encontrado… las cafiaspirinas, señorita Giulia. Per… perdone… mi… mi intromisión anterior –tartamudeó.

—No se apure por eso, Ángelo –respondió sin mirarle–.

Echó dos terrones de azúcar en su capuchino, abstrayéndose en sus pensamientos mientras detenía su vista –sin apercibirse de lo que hacía–, en el movimiento que imprimía a la cucharilla al remover la mancha blanca de espuma de leche sobre la oscuridad del café expreso.

Los recuerdos la asaltaron inconexos.

Evocó la vida con su madre. Su alma gemela con la que mantenía charlas que se prolongaban en ocasiones hasta la madrugada, sentadas en el sofá, mientras reposaba la cabeza en el regazo de ella.  Nunca le había hecho ningún reproche, ni una crítica, solo buenos consejos. Luego recordó el fatídico día que falleció.

Después de que su padre hubiese salido hacia su despacho, y solía hacerlo muy temprano, se encontraban las dos en la cocina, bromeando, mientras su madre le preparaba el desayuno, antes de que marchase a la escuela.

De pronto, su madre se encogió sobre el banco de la cocina, lanzó un grito, el vaso que mantenía en las manos cayó al suelo, haciéndose añicos, y se desplomó sobre el pavimento; y a partir de ese instante, su vida cambió.

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