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Tras fallecer su madre, la vida de Giulia no es un camino de rosas. Su padre, fiscal de la Corte Penal de Roma, libra una batalla jurídica diaria contra la Mafia y sus ramificaciones, de tal manera que no puede dedicar a su hija todo el tiempo necesario. Internada en su adolescencia en uno de los mejores colegios de Suiza, Giulia cae presa de la soledad, la tristeza y los oscuros deseos de sus compañeras de internado.
Terminada la carrera de Derecho, y a la búsqueda de sí misma, la joven cree por fin conocer el amor… pero la realidad golpea su dulce rostro y le enseña qué son el desamor, el desengaño y el miedo cuando, víctima de la traición de su ex pareja, es secuestrada por la Mafia. ¿Conseguirá liberarse? ¿Se encontrará a sí misma? ¿Encontrará el verdadero amor? ¿Qué ocurre con la Mafia?

Acompañar a Giulia en esta épica aventura, llena de acción y peligro, significa ser testigo de primera mano, de un lugar y una época convulsa –la Italia de los años ’60 del siglo pasado– en la que se vivió el gran auge de lo que pronto sería la poderosa Mafia siciliana. Pero os subo el prólogo para que os animéis a leerla.

PRÓLOGO

A las seis de la mañana, todavía era de noche, pero dispondrían del tiempo justo para vestirse, asearse un poco y tomar un cappuccino, antes de que los agentes que los tenían que llevar a Fiumicino, en una furgoneta anónima, hiciesen acto de presencia.

Giuseppe les había indicado, que no habría más avisos de su llegada que la intermitencia de unas luces de cruce de la furgoneta, y que deberían estar preparados para subir a ella, lo más rápido posible y sin llamar la atención, aunque a aquellas horas serían pocos los automóviles que circularían por la calle y posiblemente ninguna persona a pie. No obstante, la precaución era prioritaria.

Los cuatro muchachos esperaron en el portal de la casa. Casi inmediatamente, al principio de la calle, apareció una furgoneta Alfa Romeo AR6 de color azul, sin más distintivos que una ancha franja de color rojo que la atravesaba a todo lo largo por encima del capó del motor y el techo. Solo llevaba cristales en las ventanillas delanteras, quedando el resto del espacio de carga con la misma plancha de construcción del vehículo.

Salieron del portal, y a la carrera llegaron al lateral de la furgoneta, que mantenía una de sus puertas abiertas para que entrasen.

Detrás del conductor y acompañante, había dos filas más de asientos corridos y se sentaron en el último, el anterior al espacio de carga: los dos muchachos a los lados y las jóvenes en el centro del asiento.

El mismo carabiniere que había abierto la puerta para que entrasen los jóvenes, la cerró, subió a su asiento delantero y la furgoneta se puso en marcha en dirección a Via Arenula; atravesó el puente Garibaldi sobre el Tíber, junto a la isla Tiberina, y se encaminó hacia las afueras de Roma, por la Via di Trastevere, para tomar la Via Portuense en dirección a Fiumicino.

Mientras circulaban por la carretera, el acompañante del conductor, se volvió en su asiento para entregarles una mochila que contenía tres pistolas Beretta, cuatro cajas de munición y dos sobres. Uno de ellos muy abultado.

—Nunca se puede saber qué va a pasar —les dijo conciso—. En uno de los sobres hay dos millones de liras para vuestros gastos iniciales, y en el otro, unas instrucciones claras y varios números de teléfono con explicaciones de cómo los debéis usar según las circunstancias. Os aconsejo que los memoricéis. Podrían haceros falta en un momento dado.

Cuando tengáis un lugar seguro donde alojaros, llamaréis a don Enrico para que os proporcione una cobertura con agentes de paisano de la brigada antimafia. Eso es todo por el momento. Leed cada uno de vosotros las instrucciones, para saber qué es lo que tendréis que hacer en caso de que os separaseis por alguna circunstancia.

Quince minutos después, cuando circulaban por la carretera que llevaba a Fiumicino, un automóvil negro se dispuso a adelantarlos, mientras las luces de los dos vehículos iluminaban las blancas pintadas de los árboles que marcaban el linde de la calzada.

Al llegar a la altura de la cabina de la furgoneta, desde el interior del automóvil, bajaron una de las ventanillas traseras por la que apareció la siniestra boca negra de una metralleta Skorpio, que, de inmediato, comenzó a tocar una balada de muerte, iluminando la ventanilla del automóvil con cada detonación. En la furgoneta policial, las mujeres gritaron asustadas por lo inesperado del ataque y todos agacharon las cabezas.

Francesco y Alessandro, más acostumbrados al retumbar de las armas, se inclinaron sobre las dos jóvenes, obligándolas a echarse entre los asientos para protegerlas con sus cuerpos.

La furgoneta, perdida la dirección al ser alcanzados por las balas el conductor y acompañante, dio dos bandazos y colisionó contra uno de los árboles del linde, muertos los dos carabiniere, y perforado todo su lateral por un rosario de impactos.

Aunque la colisión contra el árbol fue brutal debido a la velocidad de marcha de la furgoneta, y el conductor y el acompañante estrellaron sus cabezas contra el parabrisas, ya estaban muertos en el momento del choque.

Los dos muchachos acusaron el impacto entre los asientos, aunque el golpe fue mitigado en parte por el respaldo de los asientos anteriores, mientras las dos jóvenes gritaban de nuevo aterrorizadas. Un momento después del golpe contra el árbol, escucharon el frenazo de un coche al detenerse.

Francesco y Alessandro continuaron inmóviles sobre las mujeres, protegiéndolas y haciéndoles gestos con las manos para que no se moviesen ni articulasen ningún grito más, mientras sacaban sus armas.

Poco después, se abrió la puerta lateral de la furgoneta por la parte que daba al centro de la calzada, y lo primero que vio Francesco desde su posición, fue el siniestro agujero del cañón de la metralleta Skorpio con la que les habían disparado, el sombrero de ala ancha del individuo que había abierto la puerta, y debajo de las alas del sombrero, la sonrisa siniestra y cruel de su propietario, que se borró como por ensalmo al aparecer un agujero en su rostro, junto a su nariz, producido por el disparo efectuado por Francesco a quemarropa.

El impacto de la bala contra su cara, lo lanzó hacia atrás y hombre quedó tumbado en el suelo, de espaldas, mientras la sangre que manaba de su cabeza formaba un charco carmesí sobre el asfalto.

La apertura violenta de la puerta y el disparo de la Beretta de Francesco, sorprendió a las dos jóvenes, que no esperaban esa reacción, y gritaron de nuevo aterradas.

Giulia sacó uno de sus brazos por debajo de Francesco, para, a tientas, encontrar su bolso y sacar la Beretta que le entregara el policía en el momento de emprender el viaje. En tanto que Beatrice, tumbada casi literalmente entre los asientos, protegida por el cuerpo de Alessandro, sollozaba tapándose la cara con las manos, aunque Giulia se sobrepuso inmediatamente apretando la culata de su arma con rabia.

Alessandro, sin perder tiempo en averiguaciones, abrió la portezuela del lado opuesto de la furgoneta y salió al arcén, amparado por el furgón. Detrás de él, lo hizo Giulia, reptando sobre el cuerpo de Beatrice tendido entre los asientos. Estaba colérica, decidida a vender cara su vida, y parecía que el momento había llegado.

Escucharon las voces de alarma del conductor del automóvil, a la vez que una serie de impactos de bala, se producían de nuevo contra la puerta de la furgoneta que había abierto el mafioso muerto.

Protegido por el furgón, Alessandro se desplazó hacia la cabina del conductor, y comenzó a disparar su arma contra otro de los asaltantes, que también había salido del automóvil Citroën Stromberg negro para rematar el trabajo, y que ahora regresaba a toda prisa hacia su vehículo, parado en mitad de la carretera, a unos metros de distancia, mientras su conductor lo mantenía en marcha.

Aunque Alessandro se sorprendió al escuchar más disparos junto a él, y pensó que sería Francesco, quien se habría protegido detrás de la furgoneta también. Miró de soslayo y vio que era Giulia, la que con firmeza y el rostro desencajado por la rabia, sujetaba con las dos manos la culata de su pistola y realizaba disparos acompasados, intentando no fallar el blanco.

La miró…, sonriéndole sorprendido por aquel coraje, y siguió disparando.

Las balas de Alessandro impactaron en la espalda del agresor, y el hombre se desplomó en el suelo. Las disparadas por Giulia, debieron impactar contra la cabeza del conductor del automóvil, que se derrumbó sobre el volante, haciendo sonar el claxon de forma continuada.

Francesco salió de la furgoneta y corrió hacia el hombre que había abatido Alessandro para cerciorarse de que no estaba vivo, en tanto este apremiaba a Beatrice para que saliese de la furgoneta. Luego confirmó que conductor y copiloto estaban muertos.

Beatrice, sumida en la histeria, lloraba con el terror afligiendo su rostro.

Salió de entre los asientos de la furgoneta y corrió como una posesa hacia Alessandro, abrazándose a él como una niña indefensa. Luego caminaron hacia el coche de los asaltantes sin que Beatrice dejara de ceñirse a su cintura.

Giulia, una vez confirmada por Francesco la muerte de los dos hombres del automóvil, salió del resguardo de la furgoneta, y caminó atenta, con el arma apuntando al vehículo de los asaltantes, por si en su interior hubiese algún movimiento extraño.

Su cara tenía una expresión muy diferente a la que generalmente había impresa en ella. Estaba muy seria, con las mandíbulas apretadas y los ojos muy abiertos, buscando algún movimiento raro al otro lado de la carretera.

Entre los dos jóvenes, sacaron al conductor muerto del automóvil, y después subieron en él para seguir su viaje hacia Fiumicino. Alessandro lo puso en marcha, comenzando a circular por la carretera mientras su rostro revelaba un aire de preocupación. Era impensable para él, que lo vaticinado por don Enrico en casa de su hija, se hubiese producido en tan corto espacio de tiempo.

—No podemos dejar esos cuerpos en mitad de la carretera  —dijo Francesco, cuando ya se habían alejado un kilómetro.

—Pero tampoco podemos regresar para retirarlos de allí.  Podrían vernos si pasa algún otro vehículo y denunciar el hecho a los carabinieri, y no sabemos de qué parte podrían estar los que viniesen —respondió Alessandro sin dejar de pisar el acelerador.

—Tienes razón.

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