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Cuando me decidí a leer este libro ya me había enamorado de su portada, había viajado a África a lo Karen Von Blixen sin haber abierto siquiera el libro, mirando melancólica por mi terraza diciendo con voz susurrada: Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas Ngong… y hasta me había dado tiempo a ir en busca de las Minas del Rey Salomón con Allan Quatermain. Ya me había montado yo sola la película solo con ver la portada, y todavía no había leído la sinopsis. Pero esta vez no fue la portada la que me hizo leer la novela de Francisco Casero, fue mi ignorancia elegida hacia el conflicto de la Guerra de Ruanda en 1994 la que dijo: ¡Atrévete ahora, valiente! ¿Qué sabía yo del enfrentamiento entre Hutus y Tutsis? pues como a medio mundo, de las imágenes que llegaban a través del telediario de gente muerta a machetazos, un genocidio al que se le dio la espalda política, social y humana. Yo la primera, cuyas imágenes me estremecían y cambiaba rápidamente de canal a las primeras de cambio. Pero aparte de eso, hasta hoy mismo que escribo esto, no sabía cómo se originó todo y qué se hizo al respecto.

Ya me había armado de valor para enfrentarme a lo que fuera, aunque algo me decía que iba a encontrar dentro de sus páginas más de lo que yo misma pudiera imaginar, para bien y para mal, pero que aquella historia me dejaría huella ¿será por cicatrices? y comencé a leer.

Lo primero que me llama la atención es el cariño que el autor imprime en cada una de sus palabras, como si las mimara, como si pretendiese suavizar el impacto que ciertos detalles harán en el lector, o tal vez en la propia historia, pero leer desde el principio se convierte en algo bello, delicado, sensitivo, no pude dejar casi en ningún momento de sentirme envuelta por la magia del continente africano, era como sentirlo, y no me refiero a sentir la historia que también, me refiero a sentir el poder del propio continente, como si en algún momento hubiéramos traspasado un vórtice que nos conectara sensorialmente, sé que puede sonar raro, pero fue una sensación muy real, os lo aseguro.

Una de mis primeras sorpresas me la llevo conforme voy leyendo y espero encontrarme con una historia plagada de acción, de sobresaltos continuos ¿No es África? ¿No estamos en un conflicto? aquí no se va a salvar ni el apuntador; pero me encuentro con una serie de relatos entremezclados en los que prima la humanidad, los sentimientos, las personas por encima de los personajes, y lejos de quedar decepcionada me sentí reconfortada y descubrí que ahí estaba parte de esa belleza que me atrajo hacia el libro.

Destacamos la historia de la doctora Ferrer, una doctora interina que hace mucho dejó su trabajo en España para marchar a ayudar durante la Guerra de Ruanda; la protagonista cuenta a un periodista la convulsa y extrema experiencia personal a la que ha tenido que enfrentarse durante todos estos años, y el lector queda sumido en una lenta y pormenorizada descripción de sucesos y sentimientos, una conversación distendida y profunda entre los que en otro lugar y tiempo pudieran haber sido dos amigos charlando sin más. Vamos conociendo detalles, historias, personas, hechos, y todo a golpe de pinceladas narrativas, culturales y sentimentales.

Es una historia dura, en la cual la crueldad y la sinrazón humana alcanza su máximo apogeo, sucesos abominables y actos inhumanos, pero como suele pasar y ya nos lo contó Kawabata, lo bello y lo triste van de la mano; el amor, la esperanza, y la fe en el ser humano a pesar de todo destacan entre tanta miseria humana y social, el choque cultural y religioso, un mensaje de fondo optimista que nos incita a reconciliarnos con ese ser humano que deja de serlo demasiadas veces. Y es que el amor está por encima de razas, culturas, países y fronteras físicas y mentales.

RESUMIENDO: He disfrutado mucho de la lectura de “Desde la terraza”, he descubierto hechos, palabras, costumbres que desconocía y agradezco a Francisco Casero Viana que entre tanto dolor y crueldad haya sabido transmitir una historia bella, sensible, emotiva y emocionante, y que si bien nunca me ha gustado leer datos históricos uno detrás de otro, en esta ocasión no me ha importado hacerlo y conocer la Historia de cerca de tan deleznable conflicto. El giro final de la novela es de aplauso, y aunque en un par de momentos de la narración creí haber encontrado un “huevo de pascua” que dejaba intuir el final, me alegró leerlo tal cual lo había escrito el autor.

Creo que no tardaré mucho en volver a leer de nuevo a Francisco Casero Viana, la experiencia ha sido fabulosa.

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